A sabiendas que el charro mexicano quiso demostrarle su gran amor sincero a Doña Tita Caruso, el chorro le quedo corto, le faltó más proteína y guasanas de Jalisco para llegar a la gran final de la competencia de tiros y patadas.
Después de ganar 3 niveles seguidos; una contra el colombiano Carlos Tizoc, otra contra el puertorriqueño Pablo Domenec y la última contra un general de astronautas panameños llamado Lázaro Montesquieu. En esta última pelea, fue muy interesante para algunos asistentes y para otros fue medio aburrida ya que el charro uso su pelapapas y se lo metió por un ojo al general y eso fue mortal; con solo un golpe logró pasar a la siguiente fase: la gran semifinal.
El día llegó, el charro una noche antes le escribió una carta a Doña Tita Caruso donde le decía:
“Cada vez que me levanto en lo primero que pienso es en tus tortas: la manera en que se le chorrea el jugo mordida a mordida, las agarró por detrás para disfrutarlas más. Tita, mi señora que tanto amo, la que se puede poner prendas muy feas, pero gracias a sus ojos verdes aceitunados, hace que sus ropas brillen y rimen. Mi Tita encantadora, cada vez que tomo cerveza y eructo quisiera ese aroma de tus tortas y condimentos celestiales de día y noche. Solo quiero decirte que ya pasé a la semifinal y mandé a mi compadre Lolo por ti, ni le coquetees por favor, a él no le gustan las mujeres. Entonces… mañana pasa por ti a tu local de tortas a las 8 de la mañana y llegarían a verme pelear en la final, estoy seguro le ganaré al pelado dominicano ese, te escribe esta carta con amor y sentimiento, tu charro mexicano”.

Todo el amor en una pluma | Foto: iStock
Sonaron los tambores y trompetas, estaba atardeciendo, y todo República Dominicana estaba listo para ver pelear a su representante Gonzalo, que ya la había ganado al charro con un coscorrón, pero esta vez, el representante mexicano no se iba dejar tan fácil y se ajustó a Gonzalo. Lo estudió más y le sacó todas las mañas a pluma y libreta, no quería selfies ni tantos bailes de la afición dominicana.
Empezó el tiro y comenzaron los gritos de todos lados. El señor de la matraca más grande del mundo la empezó a sonar como loco gritándole al charro hasta perder cada nota de voz que le quedaba. Gonzalo, con su manera tan peculiar de pelear, lo retaba con señales de circo y la afición gritaba, el charro, más conservador en su estrategia de pelea, lo supo aguantar por un rato, pero al final el baile y picor dominicano fue más fuerte y otra vez ganó el encuentro contra el mexicano.

El charro no pudo | Foto: Pinterest
La gran final la pelearía Gonzalo contra el colombiano Carlos Tizoc. A Carlos ya le había puesto una chinga el charro, pero en este deporte todo puede pasar, y lo que les decía desde un principio: el colombiano les sacaría un susto a medio mundo y lo hizo.
Carlos Tizoc le ganó al dominicano Gonzalo y en su propia casa, el cafetero dio un ejemplo y cruel enseñanza que no hay enemigo pequeño, les dio a todos los analistas expertos una patada con sus botas de cocodrilo para que despierten y miren lo que hay en la liga colombiana que con esto va crecer más que nunca.
En el día de la final llegó Doña Tita Caruso como el charro lo había planeado. Ella arribó con un vestido de cola larga con los colores patrios y un banderín de crucero que decía «¡Viva México cabrones!». Traía unas botas regadoras rosas para resaltar el estado de ánimo y una maraca de madera para hacer ruido en forma de cantos y porras, pero para su mala fortuna, el charro no pasó a la final. Ellos como quiera fueron a ver la pelea, se sentaron juntos, y el charro le pidió al organizador de la final que le trajeran un mariachi para cantarle a Doña Tita.
Cuando el charro empezó a cantar, todo el público lo miro y le aplaudió; el charro se hincó y sacó una caja con un anillo de matrimonio, Tita no podía esconder su gran emoción y aceptó con un abrazo rascándole la cabeza, todo el estadio perdió por un rato la atención de la pelea para ver cómo los 2 enamorados se besaban y adoraban.

La historia tuvo un final feliz | Foto: 1Zoom
En fin… sea lo que sea, el mexicano pierda o gane siempre, se lleva los aplausos y el corazón del público en forma grande y decorosa.
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